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]]>docente egresada de la BENM

El maestro es una de las figuras más representativas de la educación. No obstante, su labor como “potenciador” o “facilitador” del conocimiento ha sido constantemente cuestionada. Como resultado, el concepto de educación ha experimentado transformaciones que han mermado la importancia tanto del docente como de la escuela. Sin embargo, esto no implica la desaparición de los maestros; por el contrario, se han convertido en un foco de atención aún más relevante.
En consecuencia, actualmente se observa una acumulación constante de exigencias y responsabilidades impuestas por la sociedad a la labor docente. Estas demandas no vienen acompañadas de los recursos ni del apoyo necesarios para cumplirlas adecuadamente. En tal sentido, generan eventos estresantes y de crisis de identidad profesional en los maestros, es preciso mencionar que dichos eventos también son generados por los comentarios negativos difundidos por los medios de comunicación que han puesto en suspicacia el quehacer de la docencia.
No obstante, el maestro tiene alguna idea firme de lo que implica ser maestro —su rol es indispensable— cuando este toma la decisión de formarse como tal, se adquieren ciertos principios éticos, pedagógicos y filosóficos que impregnan directamente en su práctica. De igual manera, cuando el maestro comienza a formarse profesionalmente ostenta ciertas motivaciones, deseos y representaciones que lo llevaron a elegir a la docencia como profesión. Luego entonces, es preciso preguntarse ¿quién es ese sujeto que llega a interesarse por ser maestro? ¿cómo se forma un maestro? ¿cuál es el camino o las razones por las cuáles decide formarse como maestro?

En consecuencia, la línea metodológica establecida en esta investigación expone la necesidad de recuperar la importancia del maestro en la definición y consolidación de un perfil de estudiante que vaya más allá del requerido en el plan y programa de estudios vigente en las escuelas normales esto con la idea de comprender las distintas rutas que conducen a una labor tan importante como lo es la práctica docente, sobre todo para resignificar la docencia frente al discurso neoliberal que trata de descreditarla en todo momento.
El objeto de estudio de este ejercicio son los maestros, puesto que son nuestra fuente primaria, los actores educativos que se necesitan para realizar una reflexión profunda de las implicaciones del ser docente, y así poder recuperar elementos necesarios y significativos que nos ayude a comprender cuáles son las rutas y/o itinerarios de la docencia con ayuda de la hermenéutica analógica.[1]
Se requiere considerar que la elección de la docencia como profesión es una decisión compleja, un proceso emotivo en el que acontece momentos de incertidumbre, desconcierto e inseguridad. Debido a que, se ponen en tela de juicio distintos aspectos e intereses personales, sin embargo, no es una decisión irrevocable; para ello es relevante cuestionarse, ¿cómo se vive y se otorga sentido al proceso de elegir a la docencia como profesión?
Según Montero (2000)[2] el proceso de elección de una profesión se ve intervenido y conformado por múltiples variantes de carácter personal y social, en cuya mediación la participación de la familia y la sociedad son pilares fundamentales. En este sentido, los sujetos que eligen la docencia como profesión lo hacen a partir de creencias o representaciones interiorizadas en espacios de socialización.[3]

El autor mencionado plantea diversos significados y perspectivas que influyen en el proceso de elección de una profesión. Desde esta perspectiva, en la elección de la docencia como profesión intervienen factores motivacionales intrínsecos y extrínsecos,[4] es decir, en el primero el sujeto sigue de manera espontánea y natural sus intereses, en el segundo las elecciones del sujeto se perciben orientadas por motivos externos totalmente ajenos a sus intereses personales en donde una de esas variantes externas corresponde a la familia. Respecto a ello, García y Organista (2006) recuperan aspectos de diversos estudios nacionales e internacionales (Lortie, 1975; Sultana y Wirtz, 1992; Hayes, 1990; Yong, 1995) donde mencionan diversas motivaciones intrínsecas que el sujeto posee antes de su elección; aluden que algunos jóvenes lo hacen por motivaciones altruistas, es decir, tienen un gusto por trabajar, apoyar y enseñarle a los niños, de igual manera tienen presente la importancia que tiene la labor docente ante el ejercicio educativo. Por otro lado, los autores Mercado (1997) y Dilworth (1991) determinan algunas motivaciones extrínsecas; mencionan que la docencia es una vía efectiva para los estudiantes que carecen de una economía estable, es decir, aquellos jóvenes que su familia no les es posible costearles una profesión de su preferencia debido a la falta de recursos económicos, aunado a eso, la docencia se concibe como una alternativa para aquellos sujetos que no fueron admitidos en las instituciones públicas que deseaban ingresar, para ello formarse como maestro se vuelve una posibilidad para adquirir una profesión (como se recupera en García y Organista, 2006).
Situación que deriva cuestionamientos que son foco de atención en esta investigación, ¿quiénes son aquellos sujetos que eligen la formación docente como profesión? ¿qué motivos, deseos o pretensiones los convoca a esta elección? ¿qué momentos de su vida personal y escolar se conjugan para qué las personas opten a estudiar una labor tan importante?

Para ello, es necesario tener presente desde dónde y en qué momento se comienza a realizar esta elección. Cuando un estudiante está cursando su último año de educación media superior se enfrenta a diversas situaciones y elecciones referentes a su proyecto vital, se encuentra definiendo cuál será su itinerario profesional y laboral. Sin embargo, es oportuno indagar qué sentidos y significados le otorgan a esta elección tan importante que de igual manera conlleva la decisión de donde formarse.
La docencia puede ser una profesión elegida o impuesta, ya que intervienen diversos factores individuales y sociales que influyen en el interés por optar por esta carrera. Algunos de estos aspectos están presentes en la vida diaria del individuo, como ser hijo de maestros o tener un contacto cercano con la actividad pedagógica. Respecto a ello, Ruiz (2009) determina que el querer ser maestro no proviene de un acto de iluminación o llamado subjetivo hacia el ejercicio de esta profesión, dicho de otra manera, no se es maestro por vocación,[5] en el deseo de querer formarse como docente influyen una serie de factores que lo conforman y que son construidos día con día en la vida de cada sujeto.

El autor referido también menciona que “nadie podría tener interés por la docencia si no la conociera previamente” (p. 2). La vocación por ser maestro se construye a partir del conocimiento cercano con las habilidades docentes y del trabajo en las aulas escolares, es decir, con aquellas representaciones que tenemos de los maestros o los significados que le otorgamos a las prácticas profesionales en las escuelas normales.
Respecto a ello, se permitió la triangulación de información que hizo posible realizar un análisis concluyendo que la decisión de la elección de la profesión docente recorre ciertos caminos inusitados, los cuales tienen una estrecha relación con factores ideológicos, económicos y familiares. Sin embargo, la elección del ser maestro está ligada principalmente con la idealización relacionada a la figura de un buen docente, de igual manera la profesión se elige porque el sujeto se siente identificado con un modelo de profesor ideal que tuvo en la infancia. Para otros, la elección del ser maestro fue desde temprana edad, es decir, afirman que desde pequeños por medio de juegos asumían con placer el papel de maestros, en donde disfrutaban visualizarse sobre cómo sería convertirse en la figura deseada.
Dicho brevemente, existen ciertos factores que se mueven dentro de la elección de la docencia, los cuales son: salario, vacaciones, duración de la carrera, acceso, vocación. El cual en algunos casos han sido fundamentales para forjar su camino en esta profesión. Si bien, la mayoría de los informantes claves fueron inducidos por su contexto sociocultural, en donde la elección no se tornó individual sino en colectivo con quienes comparte su vida.
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Actualmente vivimos muchas incertidumbres, el caos y bullicio en las grandes ciudades son parte del cantar de su existencia, que se acompaña de un tedio a cotidiano: la rutina y automatización de la vida, melancolías que habitan en cada rincón de este mundo pintan los rostros de los caminantes posmodernos, haciendo del paisaje un mosaico de almas mundanas. Poco a poco y conforme giran las manecillas del incesante reloj, el ser humano pierde la esencia y la autenticidad de su ser, haciendo del propósito de su existencia un espectáculo absurdo.
Las instituciones se vuelven más plurales y poco sostenibles, las sociedades cohabitan entre la diferencia e indiferencia hacia el otro, la perspectiva hedonista e individualista palpita más en cada una de las acciones, convirtiendo el modo de vida en una competencia interminable. La diversidad se vuelve paradójica, exhortando la autenticidad del ser, dotándonos de un valor efímero, acomodado, una mercancía más para los grandes mercados que nos cosifican y venden la dignidad al costo más bajo, ¿Adónde conducirá este camino? ¿Será que estamos al borde de la pérdida de nuestra virtud?
Dentro de la labor compleja y demandante que implica la conformación y estructuración del ser, se ubican una serie de instituciones, las principales se hacen nombrar: familia, iglesia y escuela, estas pueden tomar diferentes formas e ir variando sus concepciones del ser, siempre sujetas y dependientes del momento social e histórico, de modelos económicos, cultura, religión, etc. Partiendo desde ciertos fundamentos y principios, se realiza esta ardua tarea; la cual, sin embargo, conforme pasa el tiempo, se va desgastando y quebrantado, volviendo su encomienda es un constructo líquido y desechable.
Si nos ubicamos particularmente en el contexto de escuela como categoría de la formación humana, reconocemos que esta lleva implícita una fenomenología educativa, puesto que el acto de educar, aunque no lo parezca a simple vista, va más allá de simples actividades automatizadas, como, por ejemplo: el pase de lista diario, la resolución de operaciones matemáticas implícitas en problemas hipotéticos descontextualizados o lecturas que muchas veces a nadie le interesan, ni siquiera al propio maestro, pero que son necesarias para contar cuántas palabras se leen por minuto, es decir, para sistematizar el conocimiento.

Con base en ello, es importante plantearse cómo se está asumiendo la labor del maestro en un contexto posmoderno. ¿Bajo qué principios se está educando al ser humano? No cabe duda de que el quehacer docente ha sido muy eficiente en los últimos años, puesto que se mantiene dentro de los márgenes instituciones y curriculares, impartiendo clases con la finalidad de lograr los objetivos académicos proyectados desde una funcionalidad económica y utilitaria de los egresados, en consecuencia, resulta cuestionable la finalidad de la escuela cuando su premisa fundamental en los últimos años ha sido la formación de recurso humano, fenómeno bastante alejado de la conformación de seres autónomos, auténticos y aptos en virtud.

A la hora de evocar las palabras ‘maestro’ y ‘escuela’, vienen otros términos que crean una construcción semántica que dota una gran parte del sentido teórico y práctico el acto de educar; es decir, una praxis. Aquí surge una pregunta fundamental: ¿Cuál es el sentido de la praxis del maestro? Muchos dicen y presumen conocer dicho sentido, y hacen de su respuesta un discurso idealista y fantasioso de reinas y reyes magistrales que llegan con la varita del conocimiento, vistiendo múltiples disfraces que van desde el maestro libertador de esclavos hasta el maestro exponente del eros educativo; y de aquí que, fuera de ese mundo de ilusión, nos cueste trabajo saber cuál es el verdadero camino a seguir como maestros y cómo mostramos ese camino a los estudiantes en una época incierta.

Gran parte de la enseñanza y de la formación de los alumnos se realiza bajo el manto de la subjetividad y de una carga importante de simbolismos, lo que da por resultado un fenómeno escolar más amplio, profundo y matizado, del que se deriva la importancia de rescatar aquellos significados y enfoques que dotan al ser del maestro y que van a determinar su posicionamiento y el de los alumnos dentro de las aulas y la vida diaria.
Ahora bien, aunado a esta praxis está el contexto en el que se desenvuelve tanto el maestro como sus estudiantes y, al mismo tiempo, su proceso de enseñanza y aprendizaje. Es importante mencionar que este ecosistema social y educativo está construido a partir de un posicionamiento neoliberal y deshumanizante, puesto que dibuja una realidad obnubilada donde las personas, poco a poco, se vuelven entes dispuestos al trabajo y explotación, sin voz ni conciencia para el cuestionamiento de sus realidades. Ya sea porque al parecer “hay otros que están peor” o porque dentro de su mundo idealista “algún día las cosas estarán mejor”.
Como se ha mencionado, la escuela es acreedora de un papel significativo e influyente en la formación del sujeto, envuelta entre diversidad de paradigmas, su fin universal es la educación del hombre para el hombre, pues como bien menciona Kant (2021) “únicamente por la educación el hombre puede llegar a ser hombre” (p.31). Actualmente inmersos en una sociedad posmoderna y quebrantada es interesante preguntarse ¿Qué significa para el hombre ser hombre? ¿De qué manera el hombre construye al hombre?
Hay que tener presente que estamos viviendo en medio de una entropía social, donde el desgaste del sentido del ser es ocasionado por un postmodernismo virulento, que trae consigo síntomas siniestros como hedonismo, narcicismo, individualismo, ocio, vacío, una extrema personalización del sujeto, donde la subjetividad cae en los extremos del relativismo. Un medio de cultivo idóneo para el criadero de sujetos poco críticos, con casi nula reflexión e indiferentes a la crisis que envuelve su día a día, tejidos que se mueven en la indiferencia, el ocio y carcomen el poco ambiente decente que les queda.
Si bien, el planteamiento de Kant sobre la perfección del hombre por medio de la educación, es algo utópica y de corte trascendental, es importante rescatar la idea continua de concebirla como el medio inacabado y perfectible del ser, puesto que, como bien refiere, el hombre es lo que la educación hace de él, ahora bien ¿Qué hombres está haciendo nuestra educación? ¿Qué mundo estamos construyendo desde las aulas? ¿Cuál sería la meta filosófica en la aspiración de un mundo mejor?
Para responder a ello hay que recurrir a las formas y estilos que permean en el quehacer del maestro, hurgar desde el sujeto y sus posicionamientos en referencia a una ontología, filosofía y pedagogía, dando como resultado una interpretación analógica de cómo estos factores influyen en el perfil de enseñanza y aprendizaje de los estudiantes, así como el posicionamiento que estos adquieren respecto a su contexto.
Cuando Kant mencionaba en su obra Pedagogía: “la educación actual no alcanza al hombre por completo” (p.33), definitivamente su planteamiento, a pesar de estar inscrito en el siglo XIV continúa vigente en nuestros días, sin embargo, con un margen de diferencia, puesto que cada vez nos alejamos más de ese hombre, de un ser virtuoso, reflexivo y crítico de su realidad, quizá se trate de un refinamiento moral más alejado y quebrantado producto de un posicionamiento político con aspiraciones hacia una nueva modernidad del no ser, de la ilusión y la apariencia.

Reflexionando sobre las condiciones que estamos generando tanto como maestros como sociedad en general y los posicionamientos que hemos adoptado, es importante que se vayan trabajando y reconsiderando los enfoques en donde colocamos el sentido de nuestra existencia, llevándolo a la reproducción dentro de los salones de clase. Es posible que la reflexión este encaminada a generar en las aulas los espacios propicios para una interacción dialógica y cuestionadora de lo que estamos haciendo y dejando de hacer como maestros y estudiantes, puesto que esa consideración va permitir que el ser humano desde la escuela circule hacia la virtud de sí mismo. No obstante, se necesita la voluntad para poder lograr lo antes mencionado: un cambio de paradigmas y posicionamientos que vayan desde el sujeto hasta las relaciones que establece con el otro y las instituciones que va fundando, de manera que se reconstruya una mejor sociedad desde las aulas y mirando nuevas formas de ser y habitar el mundo, con un posicionamiento más democrático, humano y equitativo podemos heredar una mejor educación para las futuras generaciones y de este modo estar más cercanos a una vida más auténtica.
Todo esto va encaminado a evitar un sujeto que solo se construye desde lo exterior, desde el cuerpo, aquel donde la profundidad y consciencia sobre la existencia es casi insostenible, en consecuencia, se mira a la escuela como una incubadora de sujetos ajenos unos a otros, un medio de producción más del vacío, de aquí que, sujeto (estudiante y maestro) se pierden junto con la escuela y se suman a la mirada automatizada de la educación contemporánea.
A manera de cierre, si se retoman las bases ontológicas de nuestras cualidades como seres humanos, en la formación de los maestros, se logrará una educación más crítica, reflexiva y virtuosa, abriendo las posibilidades a una reorientación del sentido educativo y, por ende, de nuestra existencia. Por otro lado, resulta importante que el docente abandone su posición enmarcada en la enseñanza positivista o relativista y comience a llevar a la práctica un estilo de formación que retome ambientes de aprendizaje dialécticos con lo que dé apertura a nuevas formas de interpretar.
REFRENCIA:
Kant, I. (2003). Pedagogía (Vol. 85). Akal.
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A partir de la alerta emitida por la pandemia de COVID-19 en marzo del 2020, se recibieron las primeras indicaciones de las autoridades de Salud y de Educación en nuestro país; para entonces se desconocían los alcances de ésta y del confinamiento social a nivel local y nacional, y sus efectos en diversas esferas de la vida: personal, familiar, académica, laboral y social.
Ante ello las estrategias de atención académica a distancia que se diseñaron en la Escuela Nacional para Maestras de Jardines de Niños, se fueron transformando a partir el esfuerzo colectivo de docentes, estudiantes y equipo directivo, para no parar el proceso formativo. Pese a la incertidumbre, la presencia de la enfermedad y las pérdidas humanas, seguimos en pie y aprendiendo.
Más allá de los ajustes realizados al ejercicio de la docencia y de las adecuaciones a los planteamientos curriculares de los programas de curso, transcurrimos un terreno desconocido y nos apropiamos de nuevas formas de estar, pensar y organizar nuestra vida cotidiana.
En el ámbito personal y familiar, tanto estudiantes normalistas como formadores de docentes y personal administrativo, experimentamos diversas sensaciones y gestionamos variadas herramientas técnicas, cognitivas y socio-afectivas para hacer frente a nuestra labor.
Derivado de lo anterior, se identifica que el distanciamiento social ha provocado malestar socio-emocional, en opinión de algunos expertos, hoy más que nunca es necesario retornar a los aspectos fundamentales del desarrollo humano y toma de conciencia de sí mismo y de la comunidad.
De ahí que sea relevante retomar las grandes lecciones de esta coyuntura histórica y asumir los complejos retos para el desarrollo integral de las personas que conformamos la comunidad educativa de la ENMJN, partiendo de reconocer que existe la necesidad de abrir espacios enmarcados en un enfoque humanista que tiendan a recuperar el valor de la persona y sus potencialidades, para impulsar relaciones personales y profesionales encaminadas al desarrollo de la conciencia individual y colectiva, a fin de construir una comunidad educativa más empática y solidaria.
Por lo anterior, se pretende generar un espacio de análisis y reflexión para distinguir en una dimensión amplia y compleja la función docente: el bienestar de las y los maestros entendido de manera integral y sistémica, como una tarea y responsabilidad personal y colectiva, para desarrollar las habilidades socio-emocionales que les permitan atender de manera más congruente y auténtica, los procesos de formación de las estudiantes de la licenciatura en educación preescolar. Por ello la Escuela Nacional para Maestras de Jardines de Niños invita a la comunidad educativa a asistir al Seminario virtual: ser docente, retos y experiencias hoy en el marco del día del maestro.

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