google-document-embedder domain was triggered too early. This is usually an indicator for some code in the plugin or theme running too early. Translations should be loaded at the init action or later. Please see Debugging in WordPress for more information. (This message was added in version 6.7.0.) in /home/ddgfvyqj/backup.revistavoces.net/wp-includes/functions.php on line 6260simple-lightbox domain was triggered too early. This is usually an indicator for some code in the plugin or theme running too early. Translations should be loaded at the init action or later. Please see Debugging in WordPress for more information. (This message was added in version 6.7.0.) in /home/ddgfvyqj/backup.revistavoces.net/wp-includes/functions.php on line 6260La entrada La culpa es de Delors aparece primero en Revista Voces.
]]>docente de la ENMJN

En 1996, Jacques Delors, como presidente de la Comisión Internacional sobre la Educación para el Siglo XXI, entregó a la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), su informe de trabajo. El documento se llamó “La educación encierra un tesoro” y concentró la sabiduría de quienes formaban parte de la Comisión. Las mentes de los doce integrantes, se conjuntaron para estudiar la educación de ese momento con miras a un futuro cercano: el nuevo siglo.
En una contundente entrada, Delors, (1996. p.7) declara “Frente a los numerosos desafíos del porvenir, la educación constituye un instrumento indispensable para que la humanidad pueda progresar hacia los ideales de paz, libertad y justicia social”. Con esta declaración, deja claro que, educar a las personas es la vía “…al servicio de un desarrollo humano más armonioso, más genuino, para hacer retroceder la pobreza, la exclusión, las incomprensiones, las opresiones, las guerras, etc.” (ídem)
En su disertación principal, Jacques Delors, apunta a la infancia y a la juventud, de ese momento, como el objetivo de la educación. Los niños y los adolescentes, decía, “…son aquellos que el día de mañana tomarán el relevo de las generaciones adultas, demasiado inclinadas a concentrarse en sus propios problemas.” (1996. p. 8) El niño es el futuro del hombre, enfatizaba Delors.

En su exposición “La educación o la utopía necesaria” Delors (1996), reflexiona sobre la crisis planetaria en la que la humanidad se dispone a recibir un nuevo milenio. Mundialización de guerras que dejaron más muertos que las dos guerras mundiales, desesperanza y desencanto. La reestructuración del mapa de Europa con la caída del Muro de Berlín y la Perestroika, pusieron fin a la esperanza de construir una sociedad más equitativa y justa.
Podemos entonces, hablar de las desilusiones del progreso, en el plano económico y social. El aumento del desempleo y de los fenómenos de exclusión en los países ricos son prueba de ello y el mantenimiento de las desigualdades de desarrollo en el mundo lo confirma. (Delors, 1996. p. 9)
La pregunta a todos los gobiernos del mundo fue simple: ¿cómo aprender a vivir juntos en la aldea planetaria si no podemos vivir en las comunidades a las que pertenecemos por naturaleza: la nación, la región, la ciudad, el pueblo, la vecindad? El mundo, según Delors, se sacudía frente a una realidad tensionada entre “lo mundial y lo local”; entre lo “universal y lo singular” “entre la tradición y la modernidad” entre “el largo y el corto plazo”; entre “la competencia y la igualdad de oportunidades”; entre “el desarrollo de los conocimientos y las capacidades de asimilación del ser humano”. La tensión permanente entre lo espiritual y lo material”
Frente a esa preocupante realidad, Delors vuelve a mirar a la educación como la vía para encarar al futuro. “La educación, dice, tiene la misión de permitir a todos sin excepción hacer fructificar todos sus talentos y todas sus capacidades de creación, lo que implica que cada uno pueda responsabilizarse de sí mismo y realizar su proyecto personal.” (Ibídem. p.12). Desde su punto de vista, era necesario implantar, desde las primeras infancias, el aprendizaje a lo largo de la vida. Aprender a aprender y a conocer se convierte, así, en la llave para ingresar al siglo XXI. Junto con aprender a hacer, aprender a convivir y aprender a ser, aprender a aprender (origen de lo que en el año 2000 se llamó competencias para la vida[1]) se convirtieron en lo que, hasta el día de hoy se conoce como “Los cuatro pilares de la educación”.
En los mismos términos, los once miembros restantes de la comisión, entrelazaron sus reflexiones con el fin de construir sólidamente los pilares para la educación del siglo XXI. El informe Delors, aún hoy en día, es referente obligado en la formación, actualización y profesionalización docente. También es marco permanente en el diseño de planes y programas de estudio en los diferentes niveles de los sistemas educativos de muchos países.
Sin embargo, en la actualidad, en la sociedad del conocimiento, las ideas más esperanzadoras de los miembros de la Comisión de 1996, se ven opacadas por la realidad mundial. Aprender a aprender, aprender a hacer, aprender a convivir y aprender a hacer, no han mejorado las condiciones de millones de personas en el planeta. Tampoco las condiciones del planeta mismo, han mejorado.
Después de más de treinta años, la misma Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) presenta datos desalentadores. En la Reunión Global sobre la Educación 2020, en París, los pilares para la educación del siglo XXI, fueron puestos aprueba. A más de veinte años del Informe Delors, y la crisis sanitaria por la pandemia de COVID-19 y el confinamiento domiciliario, la UNESCO (2020) fue contundente cuando señaló:
Se interrumpió la educación de 1.600 millones de estudiantes, incluyendo a cientos de millones de niños y jóvenes que no pudieron continuar su aprendizaje. Se interrumpió gran parte de la formación práctica para el desarrollo de habilidades. Existe una creciente evidencia de que, incluso las mejores soluciones de aprendizaje a distancia, son sustitutos débiles de las interacciones en el aula y que es posible que millones de estudiantes desfavorecidos no regresen a la escuela.
Es decir, el aprender a aprender, propuesto e impulsado por Delors, no dio los frutos esperados. La habilitación de los niños y jóvenes de finales de siglo, no fue, ni medianamente suficiente para sostener, por lo menos los procesos de aprendizaje.
Al mismo tiempo, el aprender a hacer, mostró su fragilidad cuando fue claro que hacer, requería usar medios de comunicación electrónicos, plataformas educativas, incorporar las TIC a los procesos de enseñanza y aprendizaje, etc. Fue evidente que no se hacía lo necesario.
La convivencia fue otro factor también puesto aprueba. La UNICEF (2020. p. 6), señaló que “Durante la epidemia, las mujeres, niñas y niños se encuentran expuestos en mayor medida a situaciones de violencia, maltrato, abuso o explotación”. Es decir, aquellos jóvenes de finales de siglo a quienes se les enseñó a convivir, poco mostraron al respecto durante la emergencia sanitaria.
NI qué hablar del “aprender a ser”. Para la tercera década del siglo XXI, queda más que claro que numerosos grupos delincuenciales y violentos, se fortalecen integrando a miles de personas que no han sabido como ser, ser mejores personas, ser mejores seres humanos. En los últimos años, el rumbo del planeta se ve cada vez más incierto, las guerras entre gobiernos han puesto al planeta en riesgo en más de una ocasión. La propagación del crimen organizado es un telón de fondo que influye en la vida de todas las personas. Las niñas y los niños, las mujeres, los grupos indígenas, los pobres del planeta y los abusos de los que son víctimas, son muestra de que no se convive de forma armónica, pacífica ni justa.
Era una aspiración de la Comisión presidida por Delors, que los cuatro pilares de la educación para el siglo XXI, dieran una mejor cara de la humanidad. Hoy, podemos ver una humanidad ‘especista’ que poco acepta su responsabilidad con el medio ambiente. La vida de todos los seres sintientes no son una preocupación para la mayoría de las personas. El descuido y abuso de recursos naturales como el agua, el aire, la tierra, etc., hoy muestra que hemos entrado a un punto de no retorno donde el colapso ambiental parece solo cuestión de tiempo.
¿Qué pasó? ¿Dónde se fueron las esperanzas puestas en los cuatro pilares de la educación? Eran la herramienta con la que se armaría a los niños y adolescentes de finales de siglo para que hicieron del mundo un mejor lugar para vivir. No ha sido así.
En la sociedad del conocimiento, es sabido, la valía de una persona se centra en la cantidad de conocimiento con el que cuenta. Esto, junto con lo actualizado de su conocimiento, ponen a los sujetos en ventaja o desventaja en el mercado laboral y cultural. Sin embargo, tener una gran cantidad de información no significa que las personas hagan uso de ella. No es lo mismo saber que hacer. Se puede tener muchos saberes y eso no significa que se utilizan y menos que se utilizan adecuadamente. Los pilares de la educación se centraron durante los últimos treinta años en enseñar, en dar información. La mente de la humanidad no ha dado el salto cualitativo entre saber y hacer. Como cosas, la información y el conocimiento se ha ido acumulando en la mente de los individuos, sin embargo, eso no basta para llevar al mundo a un lugar mejor.
Aprender a aprender, significa que se sabe aprender, pero no necesariamente se hace lo necesario para aprender. Se sabe cómo y dónde buscar información, cómo organizarla, pero eso no significa que se haga. Según el Banco Mundial (BM, 2022 s/p) “…la pobreza de aprendizajes se incrementó en un tercio en los países de ingreso bajo y mediano, donde se estima que el 70 % de los niños de 10 años no puede comprender un texto simple…” No quiere decir que no saben leer y escribir, significa que no pueden hacerlo. El tránsito mental hacia leer y escribir comprensivamente no se ha dado.
Aprender a hacer es otro aspecto sobre el cual reflexionar. Se saben hacer cosas, pero no se hacen. Se sabe que el estrés climático tiene sus orígenes en las acciones individuales y colectivas. Se sabe que las accione a favor del clima son responsabilidad personal. Se sabe, pero no se hace. Desde el jardín de niños, se enseña a cuidar el agua, a reciclar, a reducir, a reusar, sin embargo, aún cuando se sabe hacer no se hace. Se sabe que cada uno debe hacer uso adecuado de las cosas, que somos una sociedad que desperdicia y produce basura. Se sabe también qué se debe hacer para evitar el desperdicio, pero no se hace. Solamente, el Desierto de Atacama, en Chile, recibe cada año, 59,000 toneladas de telas de desperdicio. (El País, 2024) La transformación mental entre el saber hacer y el hacer, no se ha dado.
La convivencia armónica deviene del saber convivir. Se esperaba, para el año 2030, “…eliminar todas las formas de violencia contra todas las mujeres y las niñas en los ámbitos público y privado, incluida la trata y la explotación sexual y otros tipos de explotación…” Datos actuales indican que se está muy lejos de alcanzar la meta.
La violencia y el abuso de las personas más vulnerables es, hoy en día, una constante que, poco a poco, se normaliza. Según datos de la Organización Mundial de la Salud, (OMS, 2017 s/p) “…cerca de un 16% de las personas de 60 años o más han sido víctimas de maltrato psicológico, (11,6%) de abuso económico; (6,8%) sufren por negligencia; (4,2%) enfrentan maltrato físico y (2,6%) agresiones sexuales”. Durante más de tres décadas, se ha informado, se sabe, se conoce que la violencia tiene una afectación innegable en la vida de las personas. Se sabe también que las niñas, las mujeres y todas las personas estamos protegidas de una manera u otra por leyes específicas. Se sabe, que la convivencia armónica es indispensable para el desarrollo económico y social. Se sabe, pero no se hace.
El saber ser persona, el saber ser humano, es, actualmente una aspiración generalizada. Nadie tiene duda que el ser humano es naturalmente solidario, bondadoso y compasivo. Se ha demostrado que quien actúa motivado por el amor, tiene mejores resultados en todo lo que emprenda. Es sabido que todos dependemos de todos. No hay duda que la existencia material de cada uno de los sujetos, depende de una red social de voluntades y acciones. Se saben, se conocen las maneras para fortalecer esas redes sociales.
Se sabe que la solidaridad, la sororidad, la empatía y la generosidad son el alimento del desarrollo humano. El bienestar social, el bienestar de todos, se cimienta en los lazos solidarios que sólo mejores seres humanos pueden estrechar. Una relación respetuosa desde un humanismo ecualista y animista, nos elevaría en la calidad de personas que podemos ser. Pero no se hace. Sabemos cómo cuidar de nosotros mismos, de nuestra salud, sabemos como alimentarnos mejor, sabemos cómo debemos tratar a los animales y demás seres sintientes. Hoy en día, cada vez más personas sabemos que la vida humana no es más valiosa que la de un animal. Pero no lo hacemos. Saber no significa hacer.
Es ahí, donde los cuatro pilares de la educación para el siglo XXI, muestran su limitación. El lenguaje es muy poderoso, las palabras, dichas y repetidas infinidad de veces, hacen realidad lo que se piensa. Aprender a aprender, puede significar saber aprender, pero no quiere decir que se haga lo necesario para aprender. Aprender a hacer, quiere decir que se sabe como hacer las cosas, pero no necesariamente que se lleven a cabo. Aprender a convivir, sostiene que se sabe como convivir armónicamente, pero no quiere decir que se haga de esa manera. Aprender a ser mejores seres humanos, implica que sabemos cómo serlo, pero no redunda en que lo seamos.
Los cuatro pilares de la educación, conllevan la noción de enseñar. Se aprende a aprender, como resultado de enseñar a prender. Se aprende a hacer cuando se generan procesos puntuales para enseñar a hacer. Lo mismo ocurre cuando se aprende a convivir, es producto de formas de enseñanza. A ser humano se aprende de alguien que nos lo enseña. El aprendizaje no se hace en solitario, es un acto eminentemente humano, que nos implica y que requiere el contacto humano. Entonces, en esos procesos de enseñanza para aprender a aprender, a hacer, a convivir y a ser, se ha omitido el punto de hacer aprendizajes, hacer acciones concretas, convivir en la vida diaria, ser persona, no como una idea, sino un ser real, un ser de todos los días.
En resumen, durante ya casi treinta años, los cuatro pilares de la educación, nos han dado ideas, ideas claras, pero solo ideas. La idea no es acción. La acción requiere actuación, decisión, iniciativa, adaptabilidad, ímpetu. La idea es el origen de la acción, no la acción misma. La acción precisa abandonar el mundo de las ideas y los saberes para colocarse en la realidad concreta, actuar en ella y transformarla. Hoy, más que nunca, frente a la crisis de humanidad que enfrenta el planeta todo, es urgente transitar de decir, pensar, conocer, saber, entender, comprender, explicar y reflexionar, hacia hacer, escribir, diseñar, ir, conquistar, elaborar, crear, construir, mejorar, intervenir, transformar, etc.
La entrada La culpa es de Delors aparece primero en Revista Voces.
]]>La entrada Retos de la educación superior frente a la globalización aparece primero en Revista Voces.
]]>Docente de la ENMJN
Hoy en día es evidente la creciente interdependencia entre los países, lo que redunda también en la articulación de sus problemas. Al mismo tiempo, el mundo se percibe más pequeño a causa del desarrollo de las tecnologías de la información, la homologación de las políticas locales y la mundialización de las decisiones, lo que obliga a reconocer la corresponsabilidad frente a los problemas que aquejan al planeta. La expresión «aldea planetaria» representa esta situación y traduce la evolución de la humanidad.
En un mundo globalizado, la función de la educación es atender la necesidad de contar con herramientas que permitan a las personas “adaptarse cultural, social, laboral, profesional y personalmente al ritmo del cambio, cifrado en claves de nuevas concepciones culturales, de producción, de relaciones sociales, económicas, industriales, etc.” (Tejada 2000. p 1) considerando que los avances de los últimos treinta años en la ciencia y en las tecnologías de la informática y la comunicación, han provocado que las trasformaciones sociales se aprecien más rápidas, profundas y complejas.
Uno de los elementos que caracteriza a las sociedades actuales es la conversión de la formula tierra-capital-trabajo. Durante el siglo XIX y parte del XX, el trabajo fue considerado el factor generador de plusvalías y ponía en el centro de la actividad económica a los individuos cuya única posesión era su fuerza de trabajo. No obstante, la caída de las ideologías socialistas en los años 80 y la consolidación a nivel mundial del capitalismo como modo de producción, han trastocado esta idea, generando una brecha entre el trabajo físico y el trabajo intelectual. Para los últimos años del siglo XX y particularmente en los umbrales del XXI, en las llamadas sociedades del conocimiento, es precisamente el factor intelectual lo que distingue a unas personas de otras.

Ante la necesidad de atender a estas nuevas exigencias, surgen preguntas como: ¿Qué significa pensar y conocer en la era de la globalización? ¿En qué medida las formas de pensar favorecidas desde la didáctica tradicional limitan la construcción de un pensamiento más integrador que comprenda los fenómenos sociales en su forma compleja? ¿Cuál es el papel de la educación superior frente a estos retos?
Que el conocimiento tenga una función central en las sociedades actuales, tiene repercusión en las instituciones de educación superior (IES) que han visto entrar a sus espacios más privados problemas de relevancia mundial. Este hecho ha exigido a los colectivos académicos revisar sus prácticas pedagógicas para redefinir sus fines. El horizonte inmediato reclama una articulación productiva entre lo aprendido en las aulas de clase y las necesidades sociales en constante cambio. “Las transformaciones más relevantes en el terreno de lo educativo tienen que ver con que el conocimiento deja de ser lento, escaso y estable; el colegio deja de ser el canal único mediante el cual se entra en contacto con el conocimiento y la información; la palabra del profesor y el texto impreso dejan de ser los soportes exclusivos de los procesos formativos” (Tejada 2000. p 4).

Al mismo tiempo, la educación abandona el ámbito de lo nacional para situarse en la esfera de lo mundial donde “No sólo es que cada parte del mundo forme cada vez más parte del mundo, sino que el mundo como todo está cada vez más presente en cada una de sus partes” (Morin. 2005, p 33)
Frente a esta realidad, las IES enfrentan nuevos retos educativos: operar currículos flexibles y abiertos; modificar la organización académica y administrativa y revisar las prácticas de gestión, generar espacios de evaluación externa, la profesionalización de sus docentes, entre otros. Particularmente la función docente, requiere transitar hacia paradigmas que pongan mayor énfasis en los procesos de aprendizaje, teniendo como eje rector el desarrollo de competencias manifiestas en el actuar de los sujetos frente a situaciones y problemas reales en un mundo real.

Frente a un mundo globalizado, la formación profesional, requiere que las IES, reconozcan que hoy es necesario emprender un camino de transformación de sus espacios más íntimos y que, tradicionalmente, habían permanecido inalterables. Es necesario, además de repensar las estructuras académicas y administrativas, transitar hacia nuevos paradigmas que permitan comprender la complejidad de las realidades escolares. Es importante incursionar en una revolución del pensamiento que se aleje de las formas simples de conocer y explicar el mundo, y transite hacia formas complejas que permitan al sujeto actuar en él para modificarlo.
Almeida, M. C. (2008) Para comprender la complejidad. Multiversidad Mundo Real
Morin, E. (1993) Tierra-Patria. Nueva Visión. Buenos Aires.
(2005) Introducción al pensamiento complejo. Gedisa. Barcelona
Velilla, M.A (2002) Manual de iniciación pedagógica al pensamiento complejo. UNESCO
La entrada Retos de la educación superior frente a la globalización aparece primero en Revista Voces.
]]>